El encuentro de dos vidas es imposible de predecir. Es posible que dos personas pasen años cruzándose, se conozcan, alternen en conversaciones nimias y luego desaparezcan sin haber dejado rastro alguno que recuerde la existencia del otro.
Sin embargo, a veces vivimos circunstancias excepcionales que no manejamos y que nos acercan a otra persona, e imperceptiblemente entramos en su vida como ella entra en la nuestra, comenzando a gozar de una amistad perdurable que se mantiene a lo largo de los años sin, a veces, darnos cuenta cómo ha sido ese proceso de acercamiento. Es que la amistad no se fabrica; ella se genera lentamente por la mutua comprensión. Las circunstancias que generan esa cercanía no están signadas por destino alguno, sino que van floreciendo a lo largo de un largo o corto proceso.
Esto es lo que me ocurrió con Corinne y Babule: una relación nacida del trabajo y, en cierta medida, de la casualidad, y que perdura a través de los años y de nuestros hijos.
¿Cómo nació todo esto? Es largo narrarlo, pero ubicándonos en algún momento determinado es de recordar que nos conocimos "de balcón a balcón". En el largo pasillo del cuarto piso de Cangallo —¡sí! Cangallo— 524, tenía mi despacho junto a nuestro querido Roberto Mordeglia y enfrente, pasillo por medio, el de Francisco Martínez, de quien a la sazón Corinne era su relatora. Por ese tiempo Corinne era, para mí, la sufrida relatora del irascible y brillante "Pancho". Tiempo después se produce la ampliación de la planta del Tribunal y, por esos hechos del destino, gané el concurso para vocal en materia aduanera. En tanto, "Pancho" se jubiló y Álvaro Marí Arriaga la tomó a Corinne como secretaria letrada de su vocalía. Y allí empezó nuestra relación de tipo estrictamente jurídico profesional. Resulta que vocal y secretaria tenían divergencias en materia procesal y, por razones que desconozco, Corinne subía al quinto piso —adonde habían enviado mi despacho— para dilucidar la discusión. ¿Por qué lo hizo? Ella sólo lo sabe.
Cierto día, tras discutir el caso, Corinne me dijo: "Doctor, cuando Ud. vaya a la Cámara, lléveme." Recordemos que en esos momentos yo era solo secretario general del Tribunal Fiscal. Así le recordé y, divertido, le pregunté cómo era posible que pudiera soñar en un paso tan largo.
La cuestión es que ese paso se dio: en una de las vueltas de mi vida recibí una insólita llamada de Roberto Luqui, que por entonces era el secretario de Justicia del Ministerio del "Negro" Rodríguez Varela, para ofrecerme el cargo de juez de Cámara. Conforme a la estructura por entonces existente, el plantel superior estaba integrado por un secretario de cámara y dos prosecretarios, de los cuales resultaba recomendable que uno tuviera especialidad tributaria —recomendación incumplida en innumerables ocasiones. Lo conversé con mis colegas, quienes me delegaron la función de seleccionador. Ni corto ni perezoso, recordé aquella conversación con Corinne, a quien sin lugar a dudas consideraba irremplazable. Unos días después se casaban María José y Alejo y aproveché el momento de los saludos en el atrio de la iglesia para, llevándola aparte, recordarle aquella vieja conversación —que ella, por supuesto, había olvidado— y ofrecerle el cargo. No creo que haya dudado.
Lo que siguió es muy largo de narrar pero puede traducirse en un ¡gracias! por lo que ha significado, egoístamente, desde el punto de vista personal, pues sin Corinne no hubiera podido cumplir con la responsabilidad asumida. Es que, silenciosamente, sin alharaca, comenzó su trabajo de hormiga escarbando ese cúmulo de expedientes que un atraso de años había dejado la negligencia del gobierno al no ampliar el número de tribunales. Debo señalar sin rubor que prácticamente toda la jurisprudencia de estos años en materia impositiva es obra casi exclusiva de Corinne. Sólo su modestia le impidió ascender algún paso más: en cierta oportunidad declinó ser incluida en una lista de posibles candidatos a ascensos que había requerido el Ministerio, porque no se consideraba habilitada para ello.
Desde aquel día de 1980 nuestras vidas y la de nuestras familias transitaron paralelamente, compartiendo alegrías y pesares de un modo muy particular.
Hoy llegamos a un alto en el largo camino con tiempo suficiente para hacer un balance. Pero ¿se puede hacer un balance, que significa un final de proceso? El balance es el agradecimiento de haber gozado de la colaboración de tantos años, pero mucho más el cariño y la amistad que día a día compartimos y seguiremos compartiendo junto a Babule, Annie y todos los pequeños que hemos visto nacer y crecer.
El amor todo lo puede.
Guillermo Pablo Galli