Relato breve de ficción.
Año cualquiera. Ciudad en todas partes. ¿Para qué reducirnos a una zona, a un tiempo? Solamente una cosa importa: había hombres. Hombres justos y serviles. Hombres "dignos" y pobres. Eran hombres de cualquier época y de todas partes. Los mismos intereses, las mismas ambiciones.
Y como toda ciudad que se precie, tenía su historia. ¿Su historia? No, no era una, sino varias; tantas como habitantes, como hombres. Pero algunos de ellos, como en tantas ciudades, vivían de eso: de la historia.
Y como toda ciudad, ella tenía su momento crucial: un hombre del cual, en algún momento de su historia, se pudo decir de todo. De todo lo bueno y de todo lo malo. ¿Quién era él? Puede ser Santospino. Había gobernado a la ciudad hacía muchos años. Tantos que ninguno de los que lo discutía lo había conocido.
La figura había sido diseccionada; cada intersticio de su ser estudiado al detalle. Pero sus médicos no habían llegado a un acuerdo.
"¡Tirano cruel! Hasta nuestros días llega la sangre de tus víctimas reclamando justicia, reclamando venganza. Tu muerte no te redime; te aplasta aún más en el barro de tu existencia."
Los detractores de Santospino"Bajo la sombra siempre fresca de tu proba vida, las generaciones que te siguieron beben la savia justa y serena de tu digno vivir. Tu muerte ennoblece el alma de cada uno de tus hijos."
Los defensores de SantospinoNo faltaban, al final de algunas conferencias, las batallas campales entre los dos grupos antagónicos. Las diferencias en este punto traspasaban sus límites y los adversarios en la historia eran enemigos en la vida. De nada valía que el Municipio creara comisiones de estudio para llegar a la verdad. Su única consecuencia era fomentar aún más las discrepancias, que llegaban, bastante a menudo, al campo del honor.
Un día llegó a la ciudad, comprado por la Universidad, un cerebro electrónico. ¡Qué maravilla! ¡Portentosa muestra de nuestra inagotable ciencia! Resolvía problemas en contados segundos.
Y nació la idea. ¿Por qué no presentarle el problema a la máquina? Y allí fueron todos, detractores y defensores, a llevar sus acusaciones y sus defensas, uno por vez, introduciendo las tarjetas con sus argumentos en pro y en contra de la extraña figura.
Cumplidos los requisitos, la máquina comenzó a funcionar. El zumbido, que era suave, se tornó ensordecedor. Antes de que pasara un minuto, salió una voz del aparato que, fría y monótonamente, daba la sentencia definitiva:
"Gabriel Santospino fue un producto de la barbarie que vivía el país. Rodeado de enemigos que buscaban el momento para sorprenderlo, extremó las medidas de defensa permitiendo una serie de asesinatos en represalia a los que cometían sus adversarios…"
No pudo seguir hablando. Por primera vez la ciudad estaba de acuerdo en gritar: "¡Mentira!". Los dignos historiadores se lanzaron sobre la máquina y la emprendieron con cuanto tuvieran a mano.
Terminada la operación y ofuscados aún más los ánimos, la alianza quedó rota y frente a frente trataron de valer sus ideas a garrotazos. A estos catedráticos formales y ampulosos se les unió el pueblo, que no desaprovecha nunca estas oportunidades.
¿Qué ciudad? Para qué saberlo, si sólo queda en la historia junto a su hombre. Santospino. Pues en la realidad, sólo un monolito la recuerda.