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Opinión

La técnica y el hombre: reflexión sobre la tecnología que nos aísla

Por Guillermo Pablo Galli ·

Recorriendo mi biblioteca me he topado con un viejo libro que en su momento me había impactado grandemente y que, olvidado, pasó los años silenciosamente arrumbado en un estante. Lo tomé —Víctor Massuh, La libertad y la violencia— y con pasión renovada inicié una nueva lectura. A poco de estar incursionando en su apasionante razonamiento, encontré unos párrafos que me conmovieron porque hallé en ellos muchas de mis propias preocupaciones en torno a un presente en el cual, por momentos, me siento incómodo. Esas líneas que me llegaban desde la distancia de un pensador que ya no nos acompaña me llevaron a rememorar viejos tiempos teñidos con la pátina de la distancia que nos da una luz distinta —y para nosotros más bella— de aquellos momentos vividos con seres que ya no están. Serán remembranzas de viejo, sí, pero al fin válidas porque salen sinceramente de mi interior.

Hace ya más de sesenta años, Massuh decía:

"La técnica es más rápida que el hombre: cambia y modifica el contorno humano mucho antes de que el hombre haya concluido de integrarse en él. Este desequilibrio hace al hombre un ser acosado por la técnica, condenado a una autotransformación constante ya que debe adaptarse a este ritmo de aceleradas innovaciones si quiere subsistir. Tal situación es verdaderamente demoníaca porque ni siquiera puede el hombre adquirir la fijación de un mecanismo y descansar en su rutina: de inmediato se le exige la adaptación a un orden nuevo mucho más perfeccionado."

"La desmesura de la técnica se origina en la quiebra de cierta medida humana. La técnica se vuelve peligrosa en razón de la actitud que el hombre asume ante ella, esto es, en virtud de su idolatría."

Víctor Massuh — La libertad y la violencia (1968)

Es de recordar que estas palabras fueron escritas en el año 1968, casi sesenta años atrás, cuando aún no vislumbrábamos, ni remotamente, el uso de la hoy omnipresente computadora. Eran tiempos en los que la relación era limpiamente entablada entre hombre y hombre, y la búsqueda del conocimiento exigía un esfuerzo personal. Hoy todo está a nuestra disposición y la satisfacción de nuestra curiosidad la tenemos en unas pequeñas teclas de un ordenador.

Pero más allá de ese beneficio intelectual y de conocimiento, la máquina se ha introducido en nuestros hogares y tiende a hacer estallar la convivencia familiar. Hoy, para satisfacer nuestras inquietudes lúdicas, no es necesario reunirnos: la máquina nos satisface en soledad aquello que antes requería la compañía de otro. Tampoco precisamos del amigo a nuestro lado para compartir el juego, porque lo podemos hacer a la distancia.

Se hace amistad con alguien a quien no se conoce personalmente, ignorando así si se trata de una persona o de una ficción creada por otro; se confían proyectos, dudas, afectos, a quien desconocemos incluso de vista.

Horas y horas se insumen en disputar imaginarios partidos de fútbol con personajes que asemejan seres humanos, quienes en un momento dado manifiestan emociones porque cumplieron con éxito alguna jugada. Se asesina a mansalva a supuestos enemigos, cuando no a simples peatones a quienes el operador de la máquina elige para obtener "mayor puntaje".

Estas líneas están escritas, por supuesto, por alguien que no es filósofo, sino quien está motivado por unas líneas escritas por alguien que pensó con profundidad la crisis de nuestra sociedad, y que lo hizo sesenta años antes a la realidad que ahora sufrimos.

No puedo retrotraerme al pasado; sólo deseo volver a la realidad de cada día en la cual la máquina sea nuestra colaboradora y no nuestra dictadora, imponiéndonos gustos y deseos, aislándonos día a día de la sociedad en la que debemos vivir, sufriendo juntos nuestros pesares y gozando nuestras alegrías codo a codo con nuestros vecinos.

¿Es un sueño irrealizable? ¿Podemos retornar a nuestro andar de todos los días junto a quienes pasan a nuestro lado, que tienen nuestra propia carnadura, que dirigen su mirada hacia nosotros? Nos basta sólo levantar la vista de ese adminículo que nos atrapa y mirar a quien pasa a nuestro lado y que quizás con una sonrisa nuestra le ayudaremos a continuar en la vida.

Guillermo Pablo Galli Buenos Aires, 9 de abril de 2015

Cartas recibidas

I

Inés Juárez Peñalva

10 de abril de 2015

¡Qué lindas reflexiones, Dr.! Es tan cierto todo lo que dice. La vida se nos pasa y no nos damos cuenta porque estamos absortos mirando las pantallas. ¡Es terrible! Muchas gracias por compartir sus inquietudes. Le mando un beso grande.

H

Horacio Vidal y Vedia

10 de abril de 2015

Una muy buena reflexión. No obstante, no creo que existan muchos sueños irrealizables. Quizás pueda ser alguno. Es cuestión de desearlo y trabajar para traerlo, aunque sea desfigurado, a la realidad.

"Todos los incurables tienen cura, cinco segundos antes de la muerte."

J

Jorge Carlos Pietranera

11 de abril de 2015

Estimado Guillermo: qué opinión interesante la de Víctor Massuh. Lo hemos vivido en carne propia. Cuando él decía estas cosas, todavía usábamos la regla de cálculo. Recién un año después yo vería la primera calculadora de mano con cinco pilas de 1,5 voltios que podía dar un resultado con cinco decimales. Recuerdo haber dicho: "Muchachos, tiremos la regla de cálculo".

A partir de allí los cambios tecnológicos han sido de una variación exponencial. Nosotros los mayores corremos de atrás y nunca llegaremos a estar al día. Todo se hace distante, en soledad frente a una pantalla. Nadie se reúne con compañeros para estudiar. La comunicación es impersonal, muchas veces fría y con un desconocido que nos presta la pantalla, no el oído.

Los jóvenes se reúnen para tomar algo y todos tienen una comunicación vía celular con otro que no está con ellos. Cuando van a buscar a la novia, no tocan el portero eléctrico: la llaman por celular desde la puerta. Evitan el posible contacto humano con otras personas.

Nuestro mundo fue tan distinto y mejor, que da miedo. Un abrazo, Jorge.

A

Alejandro Molina Pico

11 de abril de 2015

Alguna relación debe tener, pues mientras leía me venía a la mente un procedimiento en el que me tocó intervenir. El suicidio de una señora coreana, bien casada y con cuatro hijos. Ninguno de ellos —ni marido ni hijos— tenía idea de lo que podía haberle pasado. Pero una cosa quedó clara: cada miembro de la familia, cuando llegaba a su casa, comía algo de la heladera y se iba a su cuarto a trabajar o jugar con la computadora. Una familia aparentemente perfecta, pero donde todos eran extraños.

Pienso que el tema que traés es parte de lo que ya vieron venirse pensadores como Kentenich y Lewis —Cartas del Diablo a su Sobrino, de lectura obligatoria si no lo has leído—, sin mencionar Un Mundo Feliz y 1984.

Me parece que será muy difícil que la solución provenga solamente de esfuerzos individuales. Tan inficionada está la cultura por el facilismo, constantemente promovido por las estructuras que necesitan consumidores que consuman y no cuestionen, que para que tenga lugar una vuelta a lo humano tendría que haber un desplome absoluto de toda esta "construcción" que es la cultura actual. Son tiempos apocalípticos. Un abrazo, Alejandro.

A

Angel David Pini

11 de abril de 2015

Mi querido Guillermo: muchas gracias por compartir conmigo las emociones y los pensamientos desatados por la lectura de este veraz y aleccionador párrafo de Massuh. Creo que en épocas normales el trozo nos habría llegado igual, pero quizás no nos habría conmovido tanto. No es sólo por nuestra edad, sino porque tenemos nuestra sensibilidad jaqueada por el entorno.

Yo escucho ciertas óperas y lloro en la paz de mi taller, sin ninguna vergüenza, al contrario, agradeciendo el conservar y fortalecer una sensibilidad quizás heredada, perteneciente a una generación zarandeada por la "digitalización". Por eso he cambiado el pincel por la pluma.

Afortunadamente, nosotros miramos para adelante para no tropezar, pero siempre miramos hacia atrás cuando meditamos, para analizar las enseñanzas del pasado y poder así juzgar a las generaciones que nos sucederán. Otra vez gracias, y prométeme que pronto nos encontraremos para un almuerzo o un té a la inglesa. Te mando un enorme abrazo y saludos a todos los tuyos.