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Historia

De la Unión Cívica de la Juventud a la Revolución del Parque

Por Guillermo Pablo Galli · Boletín del Museo Social Argentino, Año LIII, Entrega 367
Publicado en el Boletín del Museo Social Argentino, Año LIII, Abril–Mayo–Junio, Entrega 367.

I. El gobierno de Juárez Celman y la situación económica

Asume Juárez Celman en medio de una atmósfera de euforia económica que hace abrigar, desde su asunción y durante los primeros años de su gestión, las más optimistas esperanzas de progreso en los grupos que lo apoyan, muchos de los cuales lucran con la situación.

Ya se encontraba la industria frigorífica en pleno proceso de modernización. En 1883 Eugenio Tarracon comenzó a exportar carnes congeladas en su planta de San Nicolás; a fines de ese mismo año la River Plate Fresh Co. Ltd. inició sus actividades y al año siguiente lo hizo la Compañía Sansinena. En 1886, año de la asunción al mando de Juárez Celman, se enviaron a Inglaterra 3.850 carneros congelados, comenzando el proceso de desalojo del tasajo del mercado exportador argentino, en tanto el chilled y el freezed se presentaban como productos de calidad muy superior.[1]

El país fue paulatinamente industrializándose, especialmente a partir de la crisis de 1873, duplicando durante el período 1880–1888 el número de establecimientos industriales.[2] La inmigración iba cada vez en aumento; la orden poblacionista de Alberdi se cumplía al pie de la letra y en el período presidencial de Roca el aumento de la población extranjera superó las 300.000 almas.[3]

Pero la balanza comercial fue, durante el período, crónicamente deficitaria:

Año Importaciones $ oro Exportaciones $ oro
188045.535.88058.380.787
188155.705.92757.938.272
188261.246.04560.388.939
188380.435.82860.207.976
188494.056.14468.029.836
188592.221.96983.979.100
188695.008.74569.834.841
Totales524.610.538458.759.751
Fuente: Recensement cit., pág. 264.

El panorama optimista de los primeros momentos se ensombreció a medida que la política de paz y administración impuesta por Roca fue siendo desalojada por la irreflexiva conducta del elenco del Unicato. Se otorgaron, sin previo análisis, concesiones de nuevas líneas ferroviarias; el Congreso comprometió el crédito del Estado en cifras realmente disparatadas.

Pero no era solamente la crisis económica vislumbrada la que haría reaccionar a las figuras más esclarecidas del país; subterráneamente el país se escandalizaba por el lujo "rastacuero" que ostentaba la clase que había aislado al Presidente. "El centro del delirio especulativo, el 'antro del vértigo' era la Bolsa de Comercio, donde se jugaban con profusión los valores, desde el oro y la moneda hasta las acciones de centenares de sociedades anónimas, constituidas sólo por promesas y papeles. Y la ciudad entera fue una bolsa donde la jugarreta se prolongaba en los remates, en la compraventa de propiedades urbanas y de campos desiertos, de todo cuanto podía ser negociado."[4]

Durante 1889 el proceso se fue desencadenando. En el curso de dicho año el peso perdió el 66% de su valor respecto al oro, lo que provocó una huida del metal al extranjero con la consiguiente retracción del crédito bancario. Una ola de quiebras se sucedió a la retracción crediticia. La baja del peso respecto del oro fue causa de un encarecimiento general de precios; el malestar social se acrecentó y los trabajadores declararon sucesivas huelgas en las distintas ramas de la producción.[5]

En no mejor situación se encontraba el Estado con su deuda: "en cuatro años pasó de 117 millones a 351 millones de pesos oro, sin contar con la deuda flotante en oro, otros 35 millones. Al finalizar 1889, la banca internacional suspendió el crédito, colocando al país al borde de la bancarrota."[6]

II. El Unicato se fortalece

Al caótico estado de las finanzas, públicas y privadas, se agregaba la situación de ahogo político provocada por la acción gubernamental dirigida por Juárez Celman, quien se independizó, día a día, de Roca y comenzó a ejercer su hegemonía estructurando el sistema que pronto se conoció como Unicato.

Para lograr sus fines debía hacer desaparecer a determinados gobernadores desafectos a su persona. Habiendo impuesto por medio de la violencia en el día de los comicios al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Máximo Paz, dirigió su mira a Tucumán. Electo gobernador Juan Posse, ante la renuncia de Delfín Gallo, roquista, aparece en la ciudad capital un libelo atacando al nuevo mandatario. Sublevadas las tropas nacionales, derrocan al gobernador el 12 de junio de 1887.[7]

En Córdoba, legisladores adictos a Juárez Celman iniciaron juicio político al gobernador Ambrosio Olmos por no ungir como sucesor a Marcos Juárez, cuyo desenlace no pudo ser otro que su exoneración del cargo. Una revolución en Mendoza, fomentada desde la presidencia, concluyó con la ubicación de un representante del círculo presidencial en la primera magistratura provincial. Los gobernadores, convertidos en agentes electorales, liquidaron toda lucha política, haciendo desaparecer prácticamente toda oposición en el interior del país.

Nadie mejor que uno de los protagonistas de la revolución que se avecinaba —Aristóbulo del Valle— pudo resumir la situación cuando, siendo ministro de Guerra y Marina, dijo en el Senado: "en 1890 el mal llegó a su colmo; las instituciones pervertidas; la moral extraviada; los abusos en todos los ramos trajeron como conclusión un estallido revolucionario que ha sido juzgado por esta Cámara: que ha sido juzgado, señor Presidente, y que ha sido aplaudido."[8]

III. La Unión Cívica de la Juventud

La reacción pública contra este estado de cosas partió desde los grupos universitarios. La voz que llamó a la lucha partió de las columnas de La Nación por vía de un artículo firmado por Francisco A. Barroetaveña —"¡Tu quoque juventud! (En tropel al éxito)"—, publicado el 20 de agosto de 1889, quien ponía al desnudo la obsecuencia que rodeaba al presidente Juárez Celman. Barroetaveña denunciaba la adulación criminal en la que incurrían los jóvenes autodenominados "incondicionales" que ese mismo día ofrecían un banquete al jefe único del partido.[9]

A partir de ese momento, Barroetaveña procuró nuclear alrededor de esa protesta a todos aquellos que compartían sus temores y en pocos días obtuvo una gran cantidad de firmas para invitar a un meeting a realizarse el 1° de septiembre.[10]

A la convocatoria respondió lo más granado de la juventud universitaria argentina, así como un vasto sector de quienes hasta poco antes sostenían al "régimen" y veían ahora afectados sus intereses económicos por el desastre que se avecinaba. También las más importantes personalidades del momento recogieron el reto: Bartolomé Mitre, Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle, Leandro Alem.

La oposición, cuya ausencia lamentaba Juárez Celman en su mensaje anual ante las Cámaras, comenzó a adquirir forma orgánica ese 1° de septiembre de 1889 en el mitin realizado en el Jardín Florida, durante el cual se constituyó la Unión Cívica de la Juventud.[11]

Durante el acto habló largamente Barroetaveña, junto a del Valle, Vicente Fidel López, Estrada, Goyena, Delfín Gallo y Marcelo de Alvear, pero quien levantó en vilo a la concurrencia fue Leandro Alem, quien transmitió una emoción pocas veces sentida en actos públicos en Buenos Aires. "Ante esa arenga, vibrante y conmovedora, el público, arrebatado, ovacionaba al orador, y tanto yo como mi vecino Manuel Carlés, lloramos. Alem nos había imantado."[12] Alem "sabía las letras necesarias para decir las grandes cosas simplemente. Su elocuencia manaba del corazón, nutrida por sus virtudes cívicas. El pueblo le creyó, rodeando su tribuna."[13]

Ese día se aprobó la declaración de principios del movimiento, que interesa recoger en su integridad por cuanto señala que, ya desde su origen, el radicalismo levantó banderas morales y políticas antes que económicas:

"1. Constituir en esta capital un centro político bajo la denominación de Unión Cívica de la Juventud. 2. Concurrir a sostener las libertades públicas en cualquier punto de la nación donde peligren. 3. Levantar como bandera el libre ejercicio del derecho del sufragio, sin intimidación y sin fraude, y condenar toda intervención oficial en los trabajos electorales. 4. Protestar contra todo acto que turbe o impida el libre ejercicio del derecho electoral. 5. Proclamar la pureza de la moral administrativa en todas las ramas. 6. Hacer propaganda para levantar el espíritu público, inspirando a los ciudadanos un justo celo por el ejercicio de sus derechos y por el cumplimiento de sus deberes cívicos. 7. Propender a garantir a las provincias el pleno goce de su autonomía y a asegurar a todos los habitantes de la república los beneficios del régimen municipal."[15]

Declaración de principios de la Unión Cívica de la Juventud, 1° de septiembre de 1889

Aquí aparecen los postulados que serán mantenidos permanentemente por el partido radical a lo largo de su historia: sostenimiento de las libertades públicas, del derecho de sufragio, de la moral administrativa y del federalismo. Estos mismos postulados se encuentran resumidos en el programa aprobado por la Convención Nacional en oportunidad de concurrir el radicalismo a las elecciones de 1916 que llevaron a la presidencia a Hipólito Yrigoyen.[16]

IV. Surge la Unión Cívica

Se acercaban las elecciones para diputados que debían celebrarse el 2 de febrero de 1890 y el movimiento se encontraba en la necesidad de hacer efectivo el punto noveno de su declaración de principios: "Tomar parte activa en los movimientos electorales, considerando el ejercicio del sufragio como un deber del ciudadano."

Barroetaveña planeó una junta consultiva integrada por Mitre, de Irigoyen, Vicente Fidel López, Gorostiaga y Eduardo Costa; otra ejecutiva, de diez miembros, presidida por Leandro Alem, y una comisión de propaganda encabezada por Luis Sáenz Peña.[17] Sin embargo, la aparente reactivación de la economía que se verificó desde fines de 1889 volvió a adormecer a la población, obligando a los organizadores a disponer la abstención del movimiento.[18]

El fracaso de este intento no desanimó a la oposición, que buscó ahora lograr una mayor cohesión. Con ese objetivo se convocó a la ciudadanía a otro mitin que se celebró el 13 de abril de 1890 en el frontón de la calle Córdoba, al cual concurrieron diez mil personas, quedando otras tantas afuera, en la calle,[19] y en cuyo transcurso se constituyó formalmente la Unión Cívica.[20]

Esta nueva agrupación constituía el nucleamiento de los más disímiles grupos políticos que enfrentaban al régimen en los años anteriores: representantes del liberalismo (Mitre), del autonomismo porteño (del Valle, Alem), de la Unión Católica (Estrada), del viejo rosismo (de Irigoyen) y del mismo roquismo decepcionado (Navarro Viola). Todos conformaban un mismo frente de protesta y de lucha contra lo que reputaban una opresión insoportable.[21]

Esta heterogeneidad de los elementos constitutivos de la Unión Cívica, mancomunados en un ansia de regeneración moral, fue prontamente advertida por Pellegrini, quien manifestó epistolarmente a Miguel Cané, a poco de hacerse cargo de la Presidencia de la Nación, que recibía al país con un "movimiento de opinión que sacude a toda la República, un poco caótico; pues bajo esta denominación de moda 'Unión Cívica' están encubiertas todas las aspiraciones y todas las ambiciones."[23]

El acto del 13 de abril trajo desasosiego entre las filas del oficialismo. Ya Alem con del Valle se encontraban persiguiendo adhesiones para un movimiento cívico-militar,[24] comenzando a tener periódicas reuniones con oficiales del ejército y de la marina.

V. El mensaje de Juárez Celman al Congreso

Todo el clima que la oposición iba generando envolvió al propio Presidente, quien se apresuró a poner al país en conocimiento oficial de una situación que ya había tomado estado público. Juárez Celman inició su mensaje a la Asamblea del 10 de mayo anunciando que las dificultades financieras habían "aumentado en intensidad, asumiendo los caracteres de una crisis económica y comercial, que ha afectado a todos los valores, restringido el uso del crédito, ha encarecido los consumos, llegando hasta despertar alarmas y desconfianzas en los espíritus."[25]

Con el fin de deslindar las culpas que se le achacaban al gobierno, afirmaba el Presidente que los grandes responsables de la crisis eran "todos los que, lanzados en los caminos de la especulación y seducidos por las grandes facilidades del éxito, abusaron extraordinariamente del crédito público y privado, abultaron los valores o los crearon puramente imaginarios."[26]

Recogió también las acusaciones de Unicato anunciando que procuraría cristalizar, por medio de un proyecto de ley, un nuevo sistema electoral para impedir que un solo partido absorbiera la representación nacional, proponiendo sustituir el sistema de lista por el de elección por circunscripción uninominal —sistema que no recibiría acogida favorable sino hasta 1903 y que corta vida tendría en la historia argentina.[27]

Concluyó el capítulo político saludando la aparición del nuevo partido político: "Hoy puedo con satisfacción anunciaros que en el orden político ha mejorado con el hecho plausible de un nuevo partido en formación, que, aunque levanta como programa la oposición al gobierno, podemos saludarle como al bienvenido, esperando que, calmadas las exageraciones del momento, su acción ha de contribuir al mejor Gobierno de la Nación." Este saludo ingenuo con que recibía a la nueva agrupación aparece como un rito formal de elegante caballero, por cuanto los reclamos y la plataforma del movimiento opositor en nada cambiarían la alocada marcha del gobierno hacia su crisis total.

VI. Del Valle en el Senado

Mientras se iban sucediendo las reuniones conspirativas, Aristóbulo del Valle comenzó a hacer oír la voz de la revolución en marcha desde su banca de senador. Del Valle constituye una de esas figuras de la historia argentina sobre las cuales ha caído un raro manto de olvido, pese a haberse constituido, en su momento, en uno de los hombres claves del proceso constitucional. Político infatigable, profesor universitario y publicista, cuyas lecciones continúan vigentes en el derecho constitucional, fue además estadista sobresaliente. Sólo la imagen de Alem, soñador y místico profeta de la política, y el misterioso carisma de Hipólito Yrigoyen han podido ensombrecer la imagen de estadista de quien con justicia debe considerárselo tan creador de la idea radical como aquéllos.

En el debate sobre el cobro de los derechos de aduana del 29 de mayo, del Valle utilizó su banca como cátedra de ética política, con palabras que permanentemente tienen sabor a contemporaneidad: "Es un error común, funesto para la República, creer que la lógica de la política ata de tal manera la voluntad de los miembros del Congreso que ellos están obligados a votar con el ministerio, invariablemente si están afiliados al partido que gobierna, o en contra del ministerio, invariablemente, si figuran en la oposición. En realidad, esto puede ser una exigencia imprudente de los partidos, afanados por alcanzar el gobierno o por conservarlo; pero no es el consejo del patriotismo, no es el deber, no es siquiera el interés bien entendido de los cuerpos políticos que aspiran a una vida fecunda."[33]

El 3 de junio, Julio A. Roca prestó juramento como presidente provisorio del Senado y, acto seguido, del Valle denunció formalmente la existencia de emisiones clandestinas, pidiendo la constitución de una comisión investigadora. Tomó enseguida la palabra del Valle para iniciar uno de sus más vibrantes alegatos contra el tambaleante gobierno, señalando que el único gobierno que garantizaba la libertad "es un gobierno de publicidad y de responsabilidad, porque es un gobierno de poderes limitados que ejercitan por delegación. Pero la responsabilidad comienza en la publicidad, y la publicidad en el debate parlamentario que trae a la consideración del cuerpo legislativo, ante el país entero, todo acto de gobierno que puede afectar los intereses públicos. Suprimir la publicidad implicaría suprimir la responsabilidad de los poderes políticos ante la opinión y ante la conciencia de la Nación."

La prédica de del Valle en el Senado, con la publicidad que adquiría en la opinión pública de aquel entonces, hizo tanto más que sus propios conciliábulos tratando de captar voluntades para la causa. Llevó a la masa de la población, en su real dimensión, toda la crisis económica y política en que se debatía el gobierno, y fue uno de los elementos fundamentales por los que se obtuvo el apoyo popular masivo a la revolución que pocos días después estallaría.

VII. El complot revolucionario

El grupo de jóvenes revolucionarios constituyó una logia y comenzó a efectuar reuniones en el domicilio del teniente José Félix Uriburu.[37] Pero no sólo eran los jóvenes oficiales quienes se interesaban en el movimiento; existían también jefes del ejército y de la marina, cansados de la transformación que el poder central había operado en las fuerzas armadas, convirtiéndolas en agentes políticos. En esta operación de acercamiento al movimiento tuvo importante gravitación el comandante Joaquín Montaña, quien consiguió, juntamente con Alem, el apoyo del general Manuel J. Campos, los coroneles Julio Figueroa y Mariano Espina, el general Domingo Viejobueno, jefe del Parque de Artillería, y los tenientes de navío Ramón Lira y Eduardo O'Connor, entre otros.[38]

Se discutió la constitución del gobierno revolucionario, una vez que el movimiento resultase triunfante, y allí se produjeron las primeras fisuras en la Unión Cívica que señalaban las líneas por las cuales iba a transitar durante casi toda su historia el radicalismo. El general Campos propuso para la presidencia provisoria al general Mitre; del Valle sostuvo el nombre de Vicente F. López; pero ante la oposición violenta de Alem, del Valle se rectificó, y con el voto de Demaría, Goyena, H. Yrigoyen, Romero, Ocampo, López, Cantilo, Montaña y del mismo del Valle fue electo presidente Alem.[39] Con Alem de presidente, el gabinete quedó constituido con Mariano Demaría como vicepresidente; Miguel Goyena, ministro de Justicia; Bonifacio Lastra, ministro de Relaciones Exteriores; Juan José Romero, ministro de Hacienda; Juan E. Torrent, ministro del Interior; Joaquín Viejobueno, ministro de Guerra y Marina.[41]

VIII. La Revolución del Parque

Estallado el movimiento con la salida de las tropas rebeldes de sus respectivos cuarteles y su ingreso al Parque de Artillería, el mismo 26 de julio se dio a conocer la proclama revolucionaria en la cual se declaraba que el hecho era "esencialmente popular e impersonal, no obedece a las ambiciones de círculo u hombre político alguno", prometiendo la celebración de comicios libres para los cuales los miembros del gobierno revolucionario se proscribían como candidatos.[42]

Encerrados los rebeldes en el Parque, sin atinar a cumplir el plan primitivamente trazado, comenzaron a producirse violentos combates cuerpo a cuerpo y duelos de artillería a corta distancia que produjeron un impresionante número de muertos y heridos. La lucha continuó hasta que el general Campos puso en conocimiento de la Junta Revolucionaria la imposibilidad de continuar por falta de municiones: aparentemente, una falla en la información hizo suponer la existencia de un número de municiones que, ni remotamente, existía en la realidad. Como prueba de la inercia revolucionaria basta señalar que Hipólito Yrigoyen, designado jefe de Policía por el gobierno revolucionario, nunca intentó encaminarse hacia la sede de la jefatura con el objeto de ocuparla.

La revolución que concluía con la amargura de los vencidos, pero que luego obtendría una victoria pírrica, puso de manifiesto la misma heterogeneidad de elementos y de propósitos que caracterizó a la Unión Cívica de la Juventud. Desde un punto de vista radical, cuatro eran las tendencias que impulsaron el movimiento del Parque: a) aquella dirigida contra un sistema, personificada por Alem, del Valle, Yrigoyen y Barroetaveña; b) la que se dirigía contra un gobierno: Mitre y sus adictos; c) la que apuntaba a un vicio del gobierno: el sector católico de Goyena y Estrada; d) la que se personalizaba contra un hombre: el propio general Roca, del cual Juárez Celman se había independizado.[43]

IX. Consecuencias de la revolución en el Congreso

Los hechos sangrientos que enlutaron Buenos Aires trajo como consecuencia una rápida reacción del Congreso. Entre el 30 y el 31 de julio, Diputados y Senadores sancionaron dos leyes: una acordando pensión a las viudas e hijos menores de los militares y policías muertos durante los sucesos[44] y otra estableciendo un feriado judicial y la suspensión por treinta días de las obligaciones comerciales.[45]

Dentro de la euforia gubernamental del triunfo se alzó la dramática voz del senador Manuel Pizarro, quien anunció que iba a hablar por última vez en el recinto, pues tenía la renuncia a su banca en el bolsillo. Sus palabras pusieron al descubierto en toda su dimensión la gravedad de la situación:

"La revolución, señor Presidente, está vencida; pero el Gobierno está muerto. Y al expresarme así, no entiendo hablar de los hombres del Gobierno, sino del Gobierno en sí mismo, y como persona moral. El Gobierno es autoridad moral, respeto a las leyes, prestigio en los que mandan, y obediencia de los demás; no en nombre de la fuerza, sino en nombre de algo más alto que dignifica al hombre: en nombre del deber, del sentimiento moral, del respeto que por sí mismo se debe a la autoridad y a las leyes. ¡Y todo ha desaparecido!"[46]

Senador Manuel Pizarro — Cámara de Senadores, 30 de julio de 1890

Pero ni la amnistía declarada ni el estado de sitio pusieron tranquilidad en la convulsionada ciudad. La arenga de Pizarro recorrió todos los rincones de la capital y fue recibida como un golpe mortal para el tambaleante gobierno. Juárez Celman presentó finalmente su renuncia ante el Congreso Nacional, calificando a la revolución de "motín de cuartel" que había "llenado de dolor al pueblo argentino que descansaba tranquilo en la seguridad de su altos destinos."[47]

Reunidas ambas Cámaras en Asamblea el día 6 de agosto, en breve sesión, se aceptó la renuncia del Presidente por sesenta y un votos contra veintidós en votación nominal. De esa manera asumió la presidencia de la República Carlos Pellegrini, quien debería sostener la situación y procurar reencauzar el proceso económico tan deteriorado. Pero también con ello concluyó la primera etapa del movimiento radical, que a partir de entonces sufriría, en medio de revoluciones, el largo proceso de intransigencia y escisiones que jalonaron su larga vida.

Notas

  1. [1]Horacio C. E. Giberti, Historia Económica de la Ganadería Argentina, Solar/Hachette, Buenos Aires, 1970, págs. 170/171.
  2. [2]Ricardo R. Caillet Bois, "Presidencia de Miguel Juárez Celman", en Historia de la Nación Argentina, t. 12, vol. 1, pág. 349.
  3. [3]Recensement Général de la population... de la Ville de Buenos Aires, levantado en octubre de 1909, bajo la dirección de Alberto V. Martínez, Buenos Aires, 1910, Tome Second, pág. 49.
  4. [4]Carlos Ibarguren, La historia que he vivido, Eudeba, Buenos Aires, 1969, págs. 66/67.
  5. [5]José María Rosa, Historia Argentina, tomo VIII, Juan Carlos Granda, Buenos Aires, 1969, pág. 248.
  6. [6]Ricardo R. Caillet Bois, ob. cit., pág. 358.
  7. [7]Aut. y ob. cits., págs. 344/345; Roberto Etchepareborda, La revolución argentina del 90, Eudeba, 1966, pág. 16.
  8. [8]Cámara de Senadores, Diario de Sesiones, año 1893, sesión del 30 de julio, pág. 289.
  9. [9]Diario La Nación, 20 de agosto de 1889.
  10. [10]La Nación del 1° de septiembre de 1889 publica íntegramente la lista de los propiciantes del acto a celebrarse ese día.
  11. [11]Carlos R. Melo, Los partidos políticos argentinos, Universidad Nacional de Córdoba, 1970, pág. 31; Gabriel del Mazo, El radicalismo. Ensayo sobre su historia y su doctrina, Editorial Raigal, Buenos Aires, 1951, pág. 53; Luis Alberto Romero, "El surgimiento y llegada al poder", en El Radicalismo, Carlos Pérez Editor, Buenos Aires, 1968, pág. 15.
  12. [12]Carlos Ibarguren, ob. cit., pág. 69.
  13. [13]Octavio R. Amadeo, Vidas argentinas, Librería y Editorial La Facultad, Buenos Aires, 1938, 4ª ed., págs. 43/44.
  14. [15]Transcripto en El Radicalismo, cit., págs. 279/280; Revista Inédito, Edición Extra, 26 de junio de 1971, año V, N° 89, págs. 8/9.
  15. [16]Citado por Gabriel del Mazo, ob. cit., 1953, pág. 131; Peter G. Snow, Radicalismo Argentino. Historia y doctrina de la Unión Cívica Radical, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, 1972, pág. 48.
  16. [17]José María Rosa, ob. cit., pág. 250.
  17. [18]Aut. y ob. cits., págs. 252/253.
  18. [19]Aut. ob. cits., pág. 257.
  19. [20]Ibarguren, en sus memorias, remonta a esa fecha la constitución de la Unión Cívica Nacional, cuando en realidad esta agrupación tiene su origen poco tiempo después con la escisión provocada por la política acuerdista de Mitre.
  20. [21]Cfr. Rodolfo Puiggrós, Historia crítica de los partidos políticos argentinos, I. Pueblo y Oligarquía, Juan Alvarez Editor, Buenos Aires.
  21. [23]Transcripto por Carlos Ibarguren, ob. cit., págs. 80/81.
  22. [24]Si bien Alem, en principio, procuraba que el alzamiento fuera estrictamente cívico, luego entendió la imposibilidad de lograr la victoria sin apoyo militar.
  23. [25]Cámara de Senadores, Diario de Sesiones, año 1890, sesión del 10 de mayo, pág. 4.
  24. [26]Ibídem.
  25. [27]Guillermo Pablo Galli, "La circunscripción uninominal", en Boletín del Museo Social Argentino, Año XLIX, Entrega 350.
  26. [33]Cámara de Senadores, Diario de Sesiones, año cit., pág. 31.
  27. [37]Ricardo A. Caillet Bois, ob. cit., pág. 363.
  28. [38]Ibídem.
  29. [39]Gabriel del Mazo, ob. cit., ed. 1957, I, pág. 61.
  30. [41]Ricardo R. Caillet Bois, ob. cit., pág. 364.
  31. [42]Roberto Etchepareborda, La revolución argentina del 90, cit., págs. 52/53; Gabriel del Mazo, ob. cit., ed. 1957, I, pág. 61.
  32. [43]Olegario Becerra, "Interpretación radical de la Revolución del 90", en Revista de Historia, N° 1, citado por Etchepareborda, Tres revoluciones, Pleamar, Buenos Aires, 1968, pág. 99.
  33. [44]Ley 2.704.
  34. [45]Ley 2.705.
  35. [46]Cámara de Senadores, sesión del 30 de julio de 1890, Diario de Sesiones, año cit., pág. 113.
  36. [47]Cámara de Senadores, sesión del 6 de agosto de 1890, Diario de Sesiones, año cit., pág. 124.